Las primeras redes se tejían con cáñamo, lino o algodón, fibras orgánicas que exigían secados cuidadosos y tratamientos con breas. Con el tiempo llegaron el nylon, el polietileno y el polipropileno, más resistentes a la humedad y al uso intenso. Aprender a reparar implica reconocer el material, intuir su memoria elástica y ajustar la tensión adecuada. Un buen remiendo no se ve, no estorba la caída de la malla y devuelve a la red su ritmo natural, sin rigideces ni bolsas problemáticas.
En muchos puertos, reparar redes fue y sigue siendo un acto público, casi ceremonial. Se sientan en corro, las manos van y vienen, y la conversación acompaña. El orgullo no está en ocultar roturas, sino en enfrentarlas con calma, evitando desperdicios costosos. Nadie nace sabiendo: cada aprendiz suma torpezas y risas, mientras una maestra corrige el ángulo de la aguja o la tensión de un nudo. Esa pedagogía cercana forja pertenencia y honra a quienes sostienen la faena cuando el motor calla.
En Galicia, Canarias, la costa cantábrica, Valparaíso o Yucatán, los nombres cambian, pero la intención es la misma: devolver continuidad. Algunas comunidades emplean calibres de madera envejecida; otras, plantillas de plástico reciclado. El sonido de la naveta cruza idiomas como una música compartida. Unir saberes de distintos puertos enriquece el oficio, revela soluciones ingeniosas y asegura adaptaciones a especies, corrientes y normativas locales. Documentar estas variaciones evita pérdidas culturales y abre puertas a colaboraciones respetuosas, útiles y verdaderamente interculturales.
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